Ella no pudo mantener la concentración en las siguientes tres clases del día, el primer maestro la había dejado realmente intrigada.
¿A caso él si la conocía? Es que no lograba comprender la pregunta que él le había hecho. Seguramente lo había visto en el super mercado o en alguna plaza, pero nunca los habían presentado en algún lugar, porque si de algo ella podía presumir era de una excelente memoria, y él tampoco era un sujeto que se pudiera olvidar con mucha facilidad, y no por su físico, que también tenía un poco que ver con eso, sino por sus actitudes, sus movimientos que pasaban de bruscos a elegantes, el suave tono de su voz que también podía llegar a dar miedo... No, definitivamente no era alguien que ella conociera.
Paso una vez más enfrente del salón donde había tomado clases con el joven profesor y siguió hacia el estacionamiento.
Llego a su coche. Una llanta ponchada la esperaba con ansias.
Solo a ella le podía pasar, y justo ese día... ¿Qué la mala suerte no podía aparecer en otro momento?
Estaba ahí plantada, hundida en sus pensamientos, viendo fijamente la llanta del coche.
-¿Tienes problemas?- le preguntó alguien a sus espaldas,
Volteó muy rápido por el sobresalto
-No que va- dijo con sarcasmo
Su profesor la observo
-Siempre te pasan cosas raras- dijo él
-¿Siempre?- preguntó ella
-Era más bien una pregunta- corrigió rápidamente él -déjame corregirlo ¿Siempre te pasan cosas raras?- dijo él
-Sí, a veces- contesto ella.
Se encontraba un poco idiotizada en la profundidad del oscuro universo de los ojos de su profesor... Ahí quería reencarnar, si es que podía volver a nacer, en esas profundas pupilas negras. ahí quería pasar su siguiente vida.
-¿Quieres que te ayude?- cuestionó él
-Por favor- respondió ella
-Dame las herramientas- dijo él
Ella sacó las cosas necesarias para cambiar su llanta.
El profesor se desanudo la corbata, se quitó el saco, se arremango la camisa blanca y desabrochó los primeros tres botones se su camisa.
Subió el coche con el gato
Metió la cruz en el primer birlo de la rueda.
-Cuidado con tus manos- dijo ella
-Siempre lo mismo- dijo él
-¿Cómo?- preguntó ella
-Ah, es que muchas personas se preocupan por ellas- dijo él
Aquello iba a acabar mal, ella se metería en serios problemas. Lo observo mientras cambiaba la llanta, a veces una que otra gota de sudor le escurría por el rostro, Pues el sol estaba en su punto más alto.
-Nunca he cambiado una llanta- dijo ella
-Lo sé- dijo, pero cuando volteó a verla ella tenía una expresión de confusión -es que tus manos no parecen haberse maltratado nunca- agrego él
-Las tuyas tampoco- dijo ella
-Estás en la cierto, pero una que otra llanta sí he cambiado- dijo el secándose el sudor de la frente y con una media sonrisa en los labios
-Gracias- dijo ella
-No hay de que- respondió él y empezó a ajustar la llanta de repuesto.
Luego empezó a bajar el auto.
En eso llegó un hombre vestido de traje, otro profesor, alto, muy alto, tenía la piel oscura, ojos grandes color marrón, una nariz ancha y labios muy grandes, alzó una de sus cejas.
él se levantó del piso y le entrego a ella las herramientas y luego cargo la llanta ponchada hasta la cajuela del auto de ella
-Gracias de nuevo- dijo ella
-Ya, no te preocupes- dijo él y le sonrió
El otro profesor solo los observaba
-Vete con cuidado- le dijo él, antes de que ella entrara en su auto.
Él tomó su saco y su corbata del cofre del auto de ella, donde los había dejado y se fue a para junto a su compañero de trabajo, que lo esperaba en silencio.
Ella se despidió con la mano y le dedicó una sonrisa, a lo que el no pudo evitar contestar.
-¿Cuanto tiempo ha pasado?- le preguntó el maestro de piel oscura
-Dos cientos años- respondió él
-Nunca tarda tanto- dijo el maestro parado junto a él
-Lo sé, eso hace que la extrañe más-
-¿Donde fue la última vez?- preguntó su amigo
-En Grecia- dijo Él
-¿No haz intentado alejarte?- preguntó su amigo
-Siempre- respondió él -Pero es inútil-
-¿Siempre es igual?-
-Siempre es igual siempre la misma, siempre la misma edad, siempre la misma fecha... Siempre Ella- dijo él
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