lunes, 18 de julio de 2011

7.- Dolor

Solo se quedó ahí, observando como el auto de ella desaparecía por la salida del estacionamiento…
Recodó
-¿Qué haces hijo?-  preguntó su Padre
Él se encontraba asomado a la fuente de la vida, la ventana hacia el mundo humano, el hueco que le permitía ver aquello que él no era, aquello que él no tenía, vida. Al menos no la tenía del modo en que él quería, hacía tiempo eso de la vida le causaba curiosidad, ¿Qué era el gusto? ¿Qué era el dolor? ¿Una caricia? ¿Qué era comer? ¿Crecer? ¿Hacer el amor? Era algo que él no conocía, y que no iba a conocer, había sido destinado a la eternidad como ángel, siempre, sirviendo a su Padre, pero también hacía tiempo que ni siquiera se sentía útil para eso, pues según él su Padre lo había olvidado, según él su Padre ya no le encargaba nada…
-Observo- respondió él a la voz de su  Padre.
-¿Qué?-
-La vida-
-Es hermosa-
-No lo sé, no sé que es, no estoy vivo, al menos no de ese modo-
La mirada de él no volteaba, hacia la voz de su Padre, sabía que lo que vería era algo que él ya conocía.
Y de pronto veía como iba cayendo hacia la fuente de la vida, lo estaban aventando al mundo real.
-Cuida de ella- le dijo su Padre.
Antes de sumergirse en el agua clara, vio a una mujer dando a luz, cayó al pie de la cama. No le dolió, por un momento había creído que su Padre se refería a ‘’cuidar de ella’’ como si le hubiera dado la vida humana.
Pero entonces todo cambió.
-Está muerta- dijo una mujer, con tristeza y desesperación, a lo que le siguió el llanto doloroso y agonizante de otra.
Se refería a la criatura que tenía en los brazos, ¿eso era lo que tenía que cuidar? ¿La pequeña humana muerta era su encargo? Bonito asunto le había tocado.
Se levantó lo más rápido que pudo del suelo y se acercó a la niña, al parecer nadie lo veía.
Se arrancó, sin dolor, una pluma de su ala derecha y la apoyó sobre el pecho de la niña.
-Vive- le dijo, con suavidad, bañando el rostro de la pequeña con su dulce aliento.
La pluma bajo su mano se disipó en el pecho de la criatura y ésta inhalando el aliento del ángel, respiró.
Él sonrió.
De pronto algo lo jaló hacia afuera de la habitación.
Un jardín enorme apareció a su alrededor, la noche cubría el cielo y la oscuridad era prácticamente total, se espantó, quiso abrir las alas y entonces algo lo aterró aún más que el hecho de haber salido de pronto de la habitación donde le acababa de dar vida a una humana,  las plumas blancas de sus alas caían a su alrededor, se desprendían de sus hermosas alas, y entonces por primera vez lo sintió, el dolor, dolor físico en su espalda, un dolor ardiente e insoportable, estaban desapareciendo de él, dejando dos marcas ensangrentadas en su espalda.
-¿Por qué el castigo?- gritó hacia el cielo
-Porque solo yo concedo la vida…y la muerte-
Se tiró en el piso, sobre las que habían sido sus suaves y blancas plumas, y en posición fetal, se abrazó las rodillas.
Y por primera vez en su existencia supo lo que era estar adolorido y exhausto.
La noche cubrió su cuerpo y sintió la necesidad de cerrar los ojos.
Lo acababan de desterrar del cielo.
-Es tu castigo vivir para siempre, es tu castigo verla eternamente, es tu castigo verla vivir y morir- era la voz de su Padre, y después de eso, todo se oscureció.
-¿Dónde estás?- le preguntó el ángel de piel oscura.
Todo volvió, el estacionamiento en donde ella acababa de desaparecer.
-Aquí- respondió él
-¿Quieres contarme?-
-No-
El hombre oscuro movió los hombros como diciendo ‘’como sea, como quieras’’
Y entonces un estruendo se escuchó al otro lado del estacionamiento.
Su corazón dio un vuelco, era ella, lo sabía. Corrió.
Había humo, demasiado, los pulmones le ardieron al meterse en la nube negra.
Maldita suerte ¿qué aquello no iba a cambiar nunca? Ella siempre se lastimaba, chocaba, caía, tropezaba, se golpeaba, resbalaba, la asaltaban, se perdía, la atropellaban, cualquier cosa que la pusiera en peligro era lo que la acechaba…
Y en esa nube de humo él lo comprendió, desde su primer nacimiento ella ya estaba muerta, era lógico que la muerte la persiguiera, pues la muerte era su vida, ahora lo comprendía, de no ser por eso ella también sería tan eterna como él.
El coche de ella lo esperaba, estampado contra un árbol. ¿Pero cómo diablos había terminado ahí?
Escuchó como la gente se acercaba, pero nadie se adentraba en aquella humareda.
Se pegó en la cajuela del coche, le ardían los ojos, seguro ahora se le pondrían rojos.
Con la mano fue sintiendo el coche hasta llegar a la puerta del piloto. La jaló con fuerza. Entre el humo la encontró.
Estaba con las manos sobre la nuca, tratando de hacer posición fetal.
-¿Algún día vas a dejar de hacer tonterías?- le espetó, cuando ella lo volteó a ver
-¿Me sacas de aquí?- le dijo con voz de chiquilla asustada
-Claro que sí- dijo dulcificando su voz
Ella se deshizo de su cinturón de seguridad. Se abrazó al cuello de su maestro y este la tomó en brazos.
Los recuerdos no les alcanzaban, pero los mantenían vivos.
-Te extrañé- le dijo mientras la sacaba del humo.
-¿Me extrañaste?- preguntó él confundido.
Ella se apretó un poco a él, evitando responder la pregunta hecha.
La sacó del humo y la acostó sobre el pasto seco. 

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