lunes, 18 de julio de 2011

8.- A Casa

Se miraron.
-Me duele…- empezó a decir ella, pero antes de que su mano tocara su cabeza, su peso completo cayó sobre el brazo que él aún mantenía en la espalda de ella.
Esto no podía ser en verdad, siempre terminaba siendo tan frágil, siempre en sus brazos.
Él pasó una mano con dulzura por su rostro, la terciopelada piel de ella, le causo un escalofrío, no importaba si tenía que sufrir toda la eternidad, no importaba si había perdido sus alas, no importaba cuanto tenía que esperar cada que la perdiera, porque era esas sensaciones las que para él valían la pena, esas emociones estando tan cerca de ella. Nunca se olvidaría de lo que era no sentir, no comer, no soñar…
Acercó sus labios al oído de ella.
-Despierta- le dijo cariñoso
El rostro de ella giró, sus ojos, sus labios, sus caras demasiado cerca
-¿De dónde te conozco?- Le preguntó en un suspiro
-Seguro de otra vida- le dijo él y sonrió.
Volvió a tomarla en brazos.
-No la puede sacar de las instalaciones- dijo uno de los profesores.
-Yo cubriré sus gastos, ahora me la llevo a casa- dijo él
Algo bueno de haber vivido muchos siglos, era la posibilidad de acumular dinero, así que aunque ahora fuera un simple maestro de filosofía, su banco decía que era el hombre más rico del mundo.
Se había dado la oportunidad de experimentar cualquier oficio, cualquier trabajo, excepto la prostitución, pues no importaba cuanto tuviese que esperar por ella, era a la única persona a la cual se le entregaba, aunque él sabía perfectamente que por su físico, como prostituto no le hubiese ido, nada mal, el pensamiento le causó gracia y dejo salir una perfecta y blanca sonrisa.
Los pulmones de ella se llenaron con el suave y dulce aliento de él, su pecho suspiró, era cálido, ligero, casi cariñoso su aire, generoso, tierno, había tantas cosas en ese pequeño cambió de aire.
Con sus brazos aún alrededor de su cuello, empezó a entrelazar un dedo en el oscuro y tupido cabello negro de él, sintió como su piel se erizó, como los bellitos de su nuca se crisparon, él había dejado de caminar y estaba simplemente ahí parado, con ella en sus brazos, mirando al frente, con los ojos muy abiertos.
Ella se detuvo, dejo de acariciar su cabello y sólo lo miró, y después de unos momentos él también volteó a verla.
-¿De dónde me conoces?- preguntó ella
- ¿Y tú? ¿De dónde me conoces a mí?-
-No lo sé. Pero te siento tan cerca, tan dentro de mí, tan vivo dentro mío, tan presente, cómo si siempre te hubiera esperado, cómo si supiera que eres tú aún sin conocerte-
-Sólo es un sueño- le dijo él
-No- Insistió ella
-Vamos, olvídate de eso ahora, te llevaré a casa, donde podrás descansar-
-¿A qué casa?- preguntó ella
Él volvió a caminar.
-A la nue…- el ‘’stra’’ se lo tragó y mejor cambió la frase –A la mía- le dijo
-¿Y por qué no a la mía?- inquirió ella
-Pensé que te agradaría un lugar donde no te regañaran, donde no te acribillaran con preguntas, donde simplemente no te hostigaran. Porque pues para este momento ya los maestros han de haber telefoneado a tu casa, avisándoles a tus padres que has chocado y pues para cuando llegues a tu casa ellos te comerán viva con preguntas-
-Tienes razón-
-Vamos, te aseguro, no te vas a arrepentir-
Ella no respondió pero seguía con los brazos alrededor de él, así que pensó en que lo mejor sería tomarlo como que ella estaba de acuerdo en ir a la casa de él.
La subió en el asiento del copiloto y luego como si tratara de una pequeña niña, le puso el cinturón de seguridad.
Lo observó mientras le daba la vuelta al coche para subir al asiento del conductor, lo conocía, lo conocía como nunca había conocido a nadie, aún cuando era el primer día que lo veía en su vida.
Él subió al auto.
-¿Todo bien?- preguntó, la volteó a ver
-¿Por qué se preocupa por mí? Es la primera vez que nos vemos y usted actúa como si nos conociéramos de toda la vida-
-Digamos que te comprendo un poco- él arrancó el coche –Es tu primer día de clases, aún no conoces a tus compañeros, te cuesta un poco concentrarte en clases, por el hecho de que eres muy dispersa y tu maestro de filosofía es un tanto extraño- dijo como si ese discurso lo hubiese dado mil veces. Él arrancó el auto.
-Parece que me conociera demasiado-
-Eres muy predecible, como un…-
-Libro abierto- terminó ella –lo sé-
-Pero dime, ¿De qué manera te puedo hacer que te sientas un poco más cómoda? ¿Algo de la tienda? ¿Algún antojo en especial? ¿Alguna película?- preguntó
Quería, quería sin duda que él la consintiera que la tratara como parecía que la iba a tratar. Quería que la mimara, que le sonriera, que la quisiera, esos eran sus antojos.
-¿Tienes algún fetiche?- le preguntó, como si fuese la cosa más normal que se pudiese preguntar.
Una sonrisa se le dibujó en la comisura de sus labios
-Si lo tengo- dijo él
-¿Y qué es?- inquirió ella
-Tus tobillos- respondió él
Ella lo analizó con la mirada y luego volteó a ver tus pies, y se encontró junto con lo que ella pensaba, tenis.
Nunca le había visto los tobillos.
-¿Sólo los míos ó te refieres a los tobillos en general?-
-Los tuyos solamente- contestó él con naturalidad.
 La volteó a ver. Estaba confundida, sin duda.
-Lo siento, es una broma- dijo y le regaló una sonrisa.
-Me confunden tus bromas-
-Lo sé- dijo comprensible.

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